martes, 23 de mayo de 2017

Tres personajes para comprender la bohemia española: Alejandro Sawa, Valle-Inclán y Max Estrella

“¿Qué es lo que lleva dentro del corazón, qué pájaro azul de locura late en el cerebro de los muchachos que se alistan bajo la bandera lamentable de la bohemia?

Emilio Carrere, El bohemio (1)

Si preguntaran a alguien que describiera cómo es un bohemio probablemente diría algo parecido a un hipster de hoy en día, o alguien que no se arregla, o un vividor. Pero hay que ir mucho más atrás para poder imaginarnos a un verdadero bohemio. En España, hacia la segunda mitad del siglo XIX, un grupo de personas relacionadas con el mundo del arte se hacen llamar bohemios. Aspiran a convertirse en escritores, músicos, artistas que dejan de lado la normalidad de un trabajo de oficina para luchar por unos ideales y vivir del arte.

La bohemia es una época que se sitúa entre el Romanticismo y el Modernismo, aúna el sentimiento apasionado del romántico con el comienzo de los nuevos horizontes que llevan al simbolismo y al modernismo. Comienza a tener vida a finales del siglo XIX, en los núcleos urbanos de las grandes ciudades europeas, en plena industrialización y cerca del fin de siglo. Surge como resultado de las tertulias en los cafés, salones, los teatros, debates literarios donde se hablaba un lenguaje diferente. Se fragua en el Barrio Latino de Paris donde los artistas viven -o malviven- en buhardillas inhabitables sobreponiendo ante cualquier cosa el Ideal del arte y sus sueños por consagrarse como grandes escritores, dramaturgos, pintores, músicos, como refleja Henry Murger en su Escenas de la vida bohemia. En España esto se traslada a Madrid, a las calles que aparecen en El frac azul de Pérez Esrich o en Declaración de un vencido de Alejandro Sawa, cuyos protagonistas representan a aquellos provincianos que están dispuestos a perderlo todo en la gran ciudad para poder vivir de su obra al modo de Verlaine o Victor Hugo.


El café de Montmatre, Santiago Rusiñol (1890)

La bohemia del siglo XIX no se entiende sin el contexto socio-histórico de la época. Revolución Industrial, auge de los centros urbanos, fábricas, el papel de la burguesía contra el proletariado. En la España de Cánovas y Sagasta, un bohemio era un hombre mal vestido, que se atreve a cuestionar los valores de la sociedad mediocre y conformista, una sociedad que está sumida en el convencimiento de que nada puede cambiar. El bohemio, por su parte, aspira a un mundo mejor a través del arte, ese territorio utópico del que la sociedad se desentiende. Pero la bohemia no es solo arte y literatura, sino, como dice el profesor Manuel Aznar Soler, la bohemia es una respuesta a la inadaptación social, una protesta romántica e individualista que reivindica la libertad y muestra su rechazo hacia la mentalidad burguesa dominante. Viven al margen de las convicciones sociales y luchan por la libertad artística.

Es una época que puede pasar desapercivida, pero lo cierto es que de esta bohemia finisecular tenemos una larga lista de escritores, aún muy desconocida. En este artículo solo se va a hablar de dos referentes para comprender un poco mejor la bohemia española: Alejandro Sawa y Valle-Inclán. Y donde caben dos, caben tres, nada más y nada menos que Max Estrella, el protagonista de Luces de bohemia, un personaje que crea Valle-Inclán a raíz de su relación, amistosa y de admiración, hacia el gran bohemio de la literatura española, Alejandro Sawa.

Numerosos estudios sobre la relación entre ambos escritores están de acuerdo en que existía una gran amistad. Alejandro Sawa representa el prototipo por excelencia del bohemio del siglo XIX. Nace en Sevilla en 1862, crece en Málaga y se traslada a Madrid para consagrarse como escritor. Vivirá en Paris algunos años, lo que le marcará a nivel personal y en su carrera como escritor. Tras su muerte en 1909, se publicará Iluminaciones en la sombra, el diario del escritor sobre su etapa en Madrid y Paris, prologado por Rubén Darío, que sirve de homenaje a las penurias y fracasos de la vida bohemia. La profesora Amelina Correa, a la que tuve el gusto de escuchar en la Universidad de Sevilla, se ha dedicado a recopilar toda esa información desconocida, y necesaria, de Alejandro Sawa como personaje de la bohemia y como escritor de gran valor literario, en la biografía titulada Alejandro Sawa, Luces de bohemia.

Sawa, entre el mundillo literario de Madrid,  no pasaba desapercibido y, aunque Valle-Inclán fuera el único de la generación del 98 en admirar al escritor andaluz, otros como Ramón Gómez de la Serna y el propio Rubén Darío le guardan un fuerte respeto, tanto por su presencia bohemia (físico, elegancia, maneras de vestir), como por su obra. Cuando en 1879, este joven de Málaga llega a Madrid, poco a poco se va introduciendo en la vida literaria de la capital. Comienza a trabajar en el Ministerio de la Gobernación gracias a Ramón de Campoamor y a relacionarse con figuras importantes del mundo cultural e intelectual de la ciudad. Colaborará como redactor en diversos periódicos de la época como El Globo o El resumen. A modo de una novela de Galdós, se va conformando el personaje literario. 



Alejandro Sawa

Si pudiesemos asomar la cabeza en uno de los cafés en los que debatían sobre poesía estos esctritores bohemios veríamos, deslumbrante, esa presencia bohemia de Sawa «con el romanticismo metido hasta el tuétano de los huesos, y voluntario denodado de las huestes de la bohemia lúgubre, de la bohemia báquica, de la bohemia pobre y de la bohemia dorada» (2) y, por otro lado, veríamos esa barba kilométrica de Valle-Inclán, testigo de todo ese ambiente que reflejaría en Luces de bohemia.

Pero Alejandro Sawa no solo se ha convertido en el referente de la bohemia porque iba romantiqueando por los cafés, publicando en peródicos, escribiendo algunas novelas y luchando por la libertad del arte, sino porque su forma de morir ciego, casi sin dinero, vendiendo muchas de sus pertenencias, dejando a su mujer y su hija desamparadas, es una forma de morirse digna de un artista bohemio. Un final trágico que le revolvió a Valle-Inclán y que le hizo escribir una emotiva carta a Rubén Darío,

Querido Darío:

Vengo a verle después de haber estado en casa de nuestro pobre Alejandro Sawa. He llorado delante del muerto, por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos sus intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban la colaboración de sesenta pesetas que tenía en El Liberal, le volvieron loco en sus últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse.

Tuvo el final de un rey de tragedia: loco, ciego y furioso. (3)

En 1910 se publica ese libro inédito que deja el fallecido, Iluminaciones en la sombra, que, junto con Luces de bohemia son el resultado del homenaje que le rinde Valle-Inclán a su admirado escritor y amigo.

Pero, este Valle-Inclán, entonces, ¿es bohemio o no lo es? Es una pregunta que necesitaría una amplia investigación aún hoy en día, puesto que hay muchísimos estudios sobre lo bohemio del escritor gallego. Algunos afirman que nunca perteneció a ese grupo de vagos vividores que no dejan rastro de su obra. Otros, como José Esteban defiende la necesidad  de apreciar las relaciones entre «el escritor gallego y tan singular y curioso movimiento».


Valle-Inclán

Lo que sí es cierto que la bohemia de Sawa y la bohemia de Valle-Inclán son diferentes. Con la muerte del escritor andaluz se acaba una forma de ser bohemio y, de alguna manera, Valle toma el asiento que este deja. Sawa enciende la mecha de la bohemia y Valle la continúa, y una muestra de ello es Luces de bohemia.

Los dos autores, además de compartir una original personalidad, comparten la forma de vivir por los ideales, de manera humilde. Sawa admirado pero también rechazado, y Valle como heredero de una bohemia heroica, según Ernesto Bark, en decadencia. El legado que dejan estos escritores y su presencia en la bohemia es clave para comprender este movimiento, esta forma de vida. La búsqueda de la belleza, la poética, junto con la denuncia política y social y la empatía hacia los más desfavorecidos ponen en la bohemia el listón muy alto y el agradecimiento eterno de aquellos que son capaces de colocar delante la obra que cualquier privilegio.


“Mi nombre es Máximo Estrella. Mi seudónimo, Mala Estrella. Tengo el honor de no ser Académico”
Máximo Estrella en Luces de bohemia

Si se le ha dado anteriormente gran importancia a la muerte de Alejandro Sawa es debido a que, según la crítica, es el motivo, aunque no el único, de la creación del personaje de Máximo Estrella de Valle-Inclán. La presencia tanto de Sawa como de Valle-Inclán en el personaje literario representa la unión entre estos autores tan parecidos y tan diferentes.

Luces de bohemia se escribe en 1920 y se publica, como obra escrita, en 1924 con algunas variantes. Se encuadra en un marco cronológico muy significativo: se recuerda la Semana Trágica de Barcelona de julio de 1909, las actividades de los modernistas, la fuerza de la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores), el aumento del paro obrero, la huelga revolucionaria de 1917, las ajetreadas callejas de Madrid y Barcelona, entre otros acontecimientos importantes que convulsionan en este periodo. El espíritu de cambio de siglo y qué será de la literatura después de la trágica muerte de su amigo, inspiran esta obra teatral que constituye un referente en la literatura española y el incipiente nacimiento del esperpento valleinclanesco. La acción se desarrolla desde un atardecer hasta la mañana siguiente en quince escenas. Se mueven por ese Madrid de principios de siglo un gran número de personajes de diferentes estamentos sociales: escritores, bohemios, poetas modernistas, serenos, guardias, obreros, burgueses.

Valle-Inclán escribe esta obra no solo como ese homenaje que le debe a su amigo, sino como una manera de poder reflejar la decadencia de la situación en España, los últimos bohemios y el modernismo que despunta en el nuevo siglo. Son varios los escritores que aparecen en esta obra: Dorio de Gádex o Ernesto Bark son dos ejemplos. Las constantes referencias hacia la vida bohemia, la forma de vivir, reflejan la influencia de la vida del autor en la obra.

El paralelismo de Alejandro Sawa y Max Estrella no se da únicamente en la forma de morirse. Alejandro Sawa tiene una mujer y una hija (Jeane Poirier y Elena), al igual que el personaje literario (Madamme Collet y Claudinita) y está ciego de la misma manera que lo está el escritor andaluz. Pero en ocasiones, este paralelismo se desvía también a Valle-Inclán. A veces el propio Valle-Inclán es el que se transfigura en el bohemio protagonista. Es el Valle-Inclán rebelde y revolucionario, que ataca y se burla de la autoridad. Gonzalo Sobejano, uno de los estudiosos sobre Valle-Inclán, apunta no solo la presencia de Sawa y de Valle en el protagonista bohemio, sino también en la constante comicidad grotesca, un nuevo reflejo de la sociedad y el tono irónico de la obra. Además está presente la sátira, el sarcasmo y, con ello, la elegía. En el sentido de ese tono como si fuera una despedida a un mundo caduco: los bohemios por los modernistas, la bohemia decadente y la bohemia que desaparece con la muerte del poeta.


Ramon Canudas, enfermo convaleciente, Santiago Rusiñol (1892)

Dos escritores mitificados en un personaje literario que sirve para comprender la situación decandente de la España de principios del siglo XX, así como de la literatura. Nos quedará la bohemia y los bohemios, la pasión por el arte y la literatura y nos quedará Max Estrella como una posibilidad de abrir una vía para ver la bohemia como una expresión de la disconformidad ante un orden, pero también una forma de vida que cree en la búsqueda de la belleza.


(1) Esteban, José, Valle-Inclán y la bohemia, Renacimiento, 2014. 
(2) Cita recogida de Correa, Amelina, Alejandro Sawa, luces de bohemia, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2008 pp 65-66: París, Luis, Gente Nueva, pp. 103-104.
(3) Carta de Ramón del Valle-Inclán a Rubén Darío, marzo de 1909. Esteban, José, Valle-Inclán y la bohemia, Renacimiento, 2014, p. 33.



Bibliografía

Correa, Amelina, Alejandro Sawa, luces de bohemia, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2008.
Esteban, José, Valle-Inclán y la bohemia, Sevilla, Renacimiento, 2014.
Phillips, Allen W., Alejandro Sawa, mito y realidad, Madrid, Turner, 1976.

Webgrafía de Imágenes
http://reproarte.com/images/stories/virtuemart/product/rusinol_santiago/el_cafe_de_montmartre.jpg
https://savonarolamiscelanea.files.wordpress.com/2013/10/retrato-de-sawa-2.jpg?w=640
http://7www.ecestaticos.com/imagestatic/clipping/f70/5df/f705df2325fb2e2906d8de4725b4c6b6/la-fabulosa-muerte-de-valle-inclan.jpg?mtime=1451910772
https://lh3.googleusercontent.com/-lKEwvxSgtYU/VbJsCaw1NqI/AAAAAAADSz0/rIgRw-avYts/s512-Ic42/04SantiagoRusi%2525C3%2525B1ol-Ramon%252520Canudas%25252C%252520convaleciente_1200x1600.jpg

 Sobre la autora
Nuria González
Graduada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla. Desde que comenzó la carrera, su interés se centra en la literatura, sobre todo, siglo XIX y literatura contemporánea. También presenta un gran interés por la literatura hispanoamericana y el teatro, lo que le llevó a profundizar más en su Trabajo de Fin de Grado sobre Roberto Arlt. Este próximo curso finalizará el Master de Estudios Hispánicos Superiores, en la misma universidad.





jueves, 18 de mayo de 2017

Flavio Josefo, un diplomático judío en el Imperio Romano

Las obras del historiador Flavio Josefo son testimonios fundamentales a la hora de estudiar el cruce de identidades entre cultura griega, romana y judía en la Antigüedad, pues en su persona pueden confluir un poco de todas estas etnias debido a las circunstancias que se le ofrecieron a lo largo de su vida. Es por esto por lo que, no solo sus escritos, también su misma biografía puede servir para obtener datos de estas tres culturas que hemos mencionado.

Nacido en el 37/38 d. C., el mismo año en el que Calígula se convierte en emperador, en el seno de una familia de alta clase sacerdotal, recibió una buena educación, por lo que en los primeros años de su adolescencia era capaz de hacerse respetar con sus opiniones entre los Sumos Sacerdotes y autoridades civiles. A partir de los dieciséis años quiso conocer los preceptos de los grupos religiosos judíos más importantes de su época: fariseos, saduceos y esenios, por lo que fue incorporándose a estas comunidades sucesivamente, eligiendo finalmente la corriente farisea como la más afín a sus intereses.


Supuesto retrato de Flavio Josefo

A los veintiséis años, Josefo tuvo la misión de viajar a Roma para ayudar a un grupo de sacerdotes judíos que habían acudido para defenderse de ciertos cargos ante el emperador. Tuvo éxito en su misión, pues estos sacerdotes salieron del juicio sin cargos, y, al volver a Judea en el año 66 d. C., se topó con una situación muy complicada: una parte de la población judía se había levantado en armas contra los romanos. Josefo participó en la fase inicial como jefe militar de la región de Galilea y terminó entregándose a las fuerzas romanas en el año 67, después de haber estado oculto cuando la guerra se tornó definitivamente desfavorable para el pueblo judío.

Su entrega a los romanos fue un acto deshonroso desde el punto de vista judío, pues, en teoría, debió haberse suicidado conjuntamente con sus hombres antes de caer en manos de los soldados del Imperio. Sin embargo, Josefo y uno de sus soldados más cercanos decidieron no hacerlo. Cuando el pueblo se enteró de la muerte del resto de los soldados, que sí se habían dado muerte, lloraron también a Josefo como si fuera un héroe, dando por sentado que estaba entre los fallecidos. Cuando los judíos se enteraron de que había preferido salvarse y ser prisionero, pasaron a considerarlo un simple desertor.

En la corte romana, Josefo ganó rápidamente el favor de Vespasiano y Tito, pues predijo que éste último sería emperador. Cuando sus premoniciones se hicieron realidad, Tito convirtió a Josefo en un intermediario entre los judíos de Jerusalén y el Imperio, e intentó mediar en favor de Roma entre la población judía para que rindieran la ciudad, sin resultados. Tito terminó conquistando Jerusalén y Josefo volvió a Roma, convirtiéndose el palacio en el que Vespasiano habitara en su hogar. Obtuvo, además, la ciudadanía romana (de ahí su nombre romano, Flavio) y el emperador le compensó con nuevas tierras las que había perdido en Judea al serle confiscadas para fijar el ejército romano en ellas su campamento.

Se desconoce la fecha exacta de su muerte, aunque debió ser después del 93/94, pues en esa fecha publicó Antigüedades Judías, según señala el propio Josefo en la misma obra, y algo más tarde escribió Contra Apión.

Todos estos datos sobre su biografía los cuenta el mismo Josefo en sus obras. El no ocultar su conducta poco honorable siendo soldado judío hace que pueda confiarse en su palabra a la hora de relatar hechos que tienen poco a nada que ver con él, por lo que en lo que vivió en primera persona, se considera una fuente fiable.



BIBLIOGRAFÍA

F. JOSEFO, Antigüedades Judías, Madrid, Ediciones Akal, 1997.

VIDAL-NAQUET, P., Ensayos de historiografía. La historiografía griega bajo el Imperio Romano: Flavio Arriano y Flavio Josefo, Madrid, Alianza, 1990.



WEBGRAFÍA DE IMÁGENES

Retrato de Flavio Josefo: https://romaenundia.files.wordpress.com/2015/06/josefo.jpg


martes, 9 de mayo de 2017

Darwin y Wallace: breve historia de la Teoría de la Evolución entre cartas

A lo largo de la historia se han dado muchos intentos de elucidar de dónde procedemos los seres vivos (en particular, claro, los seres humanos). Durante mucho tiempo toda la sociedad, incluido el propio sector científico, ha defendido ideas como la “hipótesis de la generación espontánea”, por la cual los seres vivos parecían capaces de surgir de materia inanimada como estiércol o barro, o el “creacionismo”, la corriente de pensamiento que defendía que todas las especies vivas que existían habían tenido siempre la misma apariencia, que habían “sido creadas” tal cual se presentaban en la actualidad, en estrecha relación con las ideas de la Iglesia y en contraposición a las extrañas e inexplicables formas fósiles de conchas y esqueletos desconocidos que se encontraban de vez en cuando en las rocas.

Fósil de conchas de ammonites

Para los creacionistas, los fósiles no eran más que rocas que imitaban animales como capricho de la naturaleza, pero, para los defensores de la evolución, aquellas formas no eran sino restos de animales pasados de los que, habiendo desaparecido de la faz de la Tierra, habrían derivado las especies actuales. Nadie, sin embargo, supo explicar correctamente cómo podría ser esto posible hasta que la idea de la selección natural emergió en el pensamiento científico contemporáneo. 

Para los creacionistas, los fósiles no eran más que rocas que imitaban animales como capricho de la naturaleza, pero, para los defensores de la evolución, aquellas formas no eran sino restos de animales pasados de los que, habiendo desaparecido de la faz de la Tierra, habrían derivado las especies actuales. Nadie, sin embargo, supo explicar correctamente cómo podría ser esto posible hasta que la idea de la selección natural emergió en el pensamiento científico contemporáneo.

En esencia, la teoría de la selección natural expone que, dentro de una misma especie, las diferencias que existen a nivel de aptitudes o características entre los diferentes individuos, derivadas de la simple variedad genética y la incidencia de mutaciones, determinan en qué medida pueden sobrevivir en el ambiente en el que se encuentran, de tal forma que aquellos más aptos sobrevivirán y se reproducirán con mayor facilidad; los menos aptos, morirán y no dejarán descendencia. De tal manera, con el paso de las generaciones, los integrantes de una especie tenderán a presentar por herencia tales características si el ambiente no dictamina que dejan de ser beneficiosas. Dicho de otra forma, el ambiente ejerce una presión selectiva sobre la genética de los organismos que viven en él barriendo las características que dificultan la vida en él, lo cual es uno de los elementos imprescindibles de la evolución, tanto de los seres humanos como de todos los organismos que existen.

Sin embargo, no pretendemos explicar con mayor detalle esta teoría, sino dar a conocer los dolores de cabeza, casualidades, polémicas y malas pasadas que les trajo a sus co-autores: el famoso Charles Darwin y el menos conocido Alfred Wallace, pues si la teoría de la selección natural y la especiación resulta sorprendente, no lo es menos la historia de cómo se llegó a ella.


Alfred Russel Wallace. Fotografía por Sims, 1889

Alfred Russel Wallace nació en Gales el 8 de enero de 1823, en el seno de una familia modesta de tradición anglicana. A pesar de que hoy se le recuerda como co-autor de la teoría más importante de las ciencias biológicas, nunca estudió ningún tipo de carrera académica: tuvo que dejar sus estudios a la edad de 13 años por falta de dinero, y se convirtió en aprendiz de carpintero de su hermano John. No sería hasta 1844 cuando la publicación de un extraño libro titulado "Vestigios de la Historia Natural de la Creación", de Robert Chambers (1802-1871), cambiaría su vida para siempre.

La idea que Chambers exponía en este libro era, básicamente, que las especies tenían la tendencia de transformarse unas en otras aumentando de complejidad hasta llegar al ser humano, todo, por supuesto, bajo la planificación de Dios, una idea que pretendía compaginar las observaciones científicas con la tradición religiosa victoriana imperante en la época. Ajeno a toda la polémica que ese libro levantó, Wallace decidió hacerse a la aventura junto a su amigo Henry Walter Bates, naturalista, y emprender su propia carrera en el estudio de la Historia Natural para descubrir qué de verdadero había en la teoría de Chambers.

Así fue cómo Wallace viajó en 1848 a Brasil, actualmente reconocido como uno de los puntos más ricos en biodiversidad, para recorrer regiones del río Amazonas y el río Negro donde ningún europeo había puesto un pie, capturando ejemplares que coleccionaba y vendía para costear sus viajes. Durante su estancia, contrajo por primera vez la malaria (no sería la última) y a su vuelta a Europa, en 1852, su barco se incendió y hundió en mitad del Atlántico, perdiéndose apuntes y borradores de varios libros que tenía preparados. Fue rescatado en otro barco que, por cierto, casi se hunde también. Lejos de achicarse, nada más llegar a Inglaterra, el hombre ya estaba pensando animosamente en emprender un nuevo periplo, que, en ese caso, le llevaría a las remotas islas del archipiélago malayo.

Desde 1854, pasaría ocho años visitando, entre otras, las misteriosas islas de Sumatra, Bali, Borneo, Timor, Komodo y Sarawak, donde hizo grandes descubrimientos relacionando la localización de las diferentes especies animales y sus restos fósiles. En este viaje recopiló hasta 125.000 especímenes que envió a Inglaterra, 80.000 de las cuales eran escarabajos. Entre esos ejemplares, había unas 1.000 especies nunca antes descritas. Fue en estos viajes donde se familiarizó enormemente con la gran variación que existía, no sólo entre diferentes especies, sino entre individuos de la misma especie.

El 1 de marzo de 1858, en la casita donde vivía en la isla de Ternate, recogido  a causa de un nuevo episodio de malaria, Wallace describe en su propia autobiografía que, estando en la cama con fiebre, empezó a divagar sobre el efecto de las guerras y epidemias (como la malaria) en el ritmo de crecimiento de la población humana y que luego pensó en cómo este tipo de causas o equivalentes (depredación, enfermedades, catástrofes...) influían en el crecimiento de las poblaciones animales. Teniendo en cuenta el gran daño que causaban estos avatares, los que sobrevivían, necesariamente, eran los que mejor adaptados estaban a las circunstancias, y considerando la gran variación entre individuos que él mismo había reconocido durante su recolección de ejemplares, todos los rasgos que un animal presentase podían proceder de una filtración natural que el ambiente hacía de entre todas las variantes que se iban presentando azarosamente en el surtido de variantes. Y fruto de esta iluminación resultó una inocente carta que Wallace envió en un barco de carga holandés desde Ternate a Inglaterra dirigida al mismísimo Charles Darwin (1809-1882), ya reconocido como prestigioso naturalista.


Charles Darwin, fotografía por Herbert Rose Barraud 

Por aquél entonces, la sociedad científica se comunicaba por cartas de forma muy activa. Y, en particular, esa carta que Darwin recibió (no se sabe con certeza qué día) lo dejó consternado.

Desde el 1838, cuando se embarcó en el H.M.S Beagle y comenzó sus estudios en evolución animal en las Islas Galápagos, Darwin había estado masticando de forma bastante infructuosa los paradigmas de la divergencia evolutiva. Wallace no era más que un aficionado admirador de su trabajo y ya anteriormente le había estado carteando e incluso enviando algunos especímenes de regalo que consideró que le podían gustar. En sus respuestas, Darwin se mostraba agradecido aunque receloso, insinuándole de manera sutil al joven Wallace que la causa de aparición de nuevas especies era un asunto suyo, cosa que el pobre de Wallace nunca captó. Lo que ninguno de los dos se imaginó nunca es que habrían llegado a la misma teoría por caminos separados. El propio Darwin reconocería más adelante que incluso algunas de las frases de Wallace le recordaban a las suyas propias, aunque su principal fallo estuvo en no considerar importante la variación entre individuos de la misma especie, la clave de todo en la idea de Wallace. En ese momento, el naturalista pensó en desistir y tirar por tierra su propio trabajo: Wallace había concebido encamado una tarde de fiebre una idea que él no había conseguido terminar de dilucidar en veinte años de duro trabajo, y si decidía publicar su estudio se habría aprovechado deshonrosamente de la investigación de un colega admirador, pero si no lo hacía, nadie le daría el reconocimiento de ser el primero en postular la teoría. Realmente una situación deprimente, si le sumamos que su hijo menor estaba gravemente enfermo de escarlatina.

De no ser por sus amigos, Charles Lyell y Joseph Hooke, la teoría de Darwin probablemente nunca hubiera visto la luz. Para que su trabajo no cayese en saco roto ni sintiese que estaba cometiendo una sucia traición, le propusieron presentar un resumen conjunto de sus ideas junto con las de Wallace en una de las reuniones de la Linnean Society de Londres, la prestigiosa sociedad científica dedicada a taxonomía fundada en 1788. Darwin estaba muy triste y no tenía absolutamente nada preparado (ni ganas de hacerlo); fueron sus amigos los que recuperaron de su estudio un ensayo de unas 540 páginas que el hombre había escrito en 1844 (y que todavía no había publicado) y una carta que le había escrito a un botánico de la Universidad de Harvard. El día de la presentación el 1 de julio de 1858, se presentó primero este resumen del trabajo de Darwin y luego se leyó el artículo original de Wallace, aunque técnicamente debía haber sido expuesto primero, ya que estaba escrito con antelación; una trampa que Lyell y Hooke dispusieron para que fuera su amigo Darwin el que quedase registrado con la propiedad intelectual. Darwin no estuvo presente: fue el día del entierro de su hijo.

Ese mismo día, Wallace todavía estaba de viaje. No se enteraría hasta mucho tiempo después de que su trabajo había sido publicado sin su permiso ante la Linnean Society y sólo como un simple apoyo a la teoría de Darwin. Sin embargo, lejos de molestarse, Wallace incluso se mostró satisfecho: es importante tener en cuenta que la sociedad científica de por aquél entonces era terriblemente clasista y él era un don nadie, sin ni siquiera la preparación científica adecuada para ser respetado en el gremio de los naturalistas. Que el trabajo de Darwin, con una reputación considerable, llevase su nombre garantizaba que le harían caso; era más de lo que podría haber esperado de intentar llamar la atención por su cuenta. De hecho, se referiría humildemente a la teoría de la selección natural como "darwinismo" a partir de entonces. Pese a que posteriormente y hasta a día de hoy algunos han querido ver en Darwin y sus amigos una trama conspiratoria para robarle la idea a Wallace, lo cierto es que nunca existió mala relación entre ellos. El propio Darwin le mandó una copia de regalo a Wallace del libro que finalmente publicó, en 1859, El origen de las especies, su obra más famosa.


Portada de "El Origen de las Especies"

Es interesante mencionar aquí que, en su obra, Darwin nunca dijo expresamente que los seres humanos procedamos del mono, afirmación que es matizablemente incorrecta: lo que se deriva de la teoría de la selección natural es que los chimpancés (Pan spp.) y los actuales humanos (Homo sapiens) derivamos de un ancestro común a partir del cual nuestros linajes se diversificaron.

Cabe mencionar, por otro lado, que el que armó un verdadero escándalo cuando se enteró de la publicación fue el jardinero escocés Patrick Matthew, que parece ser que hacía nada menos que casi treinta años atrás había sugerido tal idea en el apéndice de un libro apasionantemente titulado Madera naval y arboricultura (curiosamente el mismo año que Darwin no había hecho más que emprender su travesía por el océano Atlántico hacia las Galápagos). Pasó totalmente desapercibido. Por mucho que pataleó, Matthew sólo consiguió de Darwin unas disculpas públicas.

Por su parte, Wallace siguió como naturalista varias décadas más, aunque fue perdiendo poco a poco credibilidad en el mundo científico debido a su interés por temas como el espiritismo y la vida en otros planetas. Se comprometió en 1864 con una mujer que lo dejó plantado y dos años más tarde contrajo matrimonio con Annie Mitten, hija de un experto en musgos y con la que tuvo tres hijos. Nunca consiguió un trabajo estable ni ascendió de posición social y atravesó, de hecho, graves penurias económicas, hasta el punto de que en cierta ocasión fue necesaria la intervención del propio Darwin para que le concedieran una pensión. Su trabajo científico, aun así, fue reconocido e incluso premiado: en 1908 recibió la prestigiosa Medalla Copley y el Orden de Mérito del Reino Unido. Moriría cinco años más tarde en la casita de campo que él mismo construyó años atrás en Broadstone, tierra donde se encuentra actualmente su tumba. Llegó a la edad de nada menos que 90 años.

La historia de cómo la humanidad se dio cuenta del fenómeno de la selección natural es una historia de sufrimiento, de aventuras, de descubrimientos, casualidades bochornosas, viajes y cartas; una historia de una época de la ciencia que ya se acabó pero que, aunque los huesos de sus protagonistas descansen, merece seguir excitando los nuestros.

FUENTES Y REFERENCIAS
Ruíz Pérez, M. V., “La extraordinaria vida de Alfred Russel Wallace: (Él también merece ser recordado)”, Encuentros de Biología, nº125 (2009).
Gallardo, M.G., “Alfred Russel Wallace (1823 – 1913): Obra y figura”, Revista Chilena de Historia Natural, nº86 (2013), 241 – 250.
BRYSON, B. Una breve historia de casi todo, Barcelona: RBA bolsillo, 2003.

IMÁGENES

SOBRE EL AUTOR

Juan Encina

Graduado en Biología por la Universidad de Coruña de vocación docente. Se ha dedicado por cuatro años a la divulgación científica entre los jóvenes, participando en charlas a institutos y talleres organizados por al Universidad de Coruña y la Fundación Barrié, así como en una revista digital como redactor y editor.