miércoles, 18 de octubre de 2017

Jornadas "Mujeres que hacen historia"

El día 27 de octubre tendrá lugar en la Universidad Pablo de Olavide un evento organizado por la misma junto con La Odisea de la Historia, con el patrocinio de Éufrates Revista de Historia:



"Una jornada para repensar el papel de las mujeres en la historia y visibilizar la investigación histórica hecha por mujeres".

Ya no quedan plazas de inscripción para esta primera edición, pero visto el éxito que ha supuesto, se celebrara una segunda el día 3 de noviembre.

Para más información, haz click en el siguiente link, que redirige a la página oficial del evento:



martes, 17 de octubre de 2017

El discurso de Pericles. Atenas como ideal democrático

El devenir histórico de la Polis ateniense vio su curso marcado por importantes alteraciones en su estructura política: desde su constitución prístina en la que las magistraturas sólo eran accesibles para la aristocracia, donde “ciudadano” era sinónimo de “compañero de linaje”, hasta el régimen isonómico/democrático, el cual, pese a las restricciones legales que dificultaban el acceso a la ciudadanía, era esencialmente opuesto al anterior. Si la primera etapa quedó bien reflejada en los poemas homéricos, la naturaleza de la última queda retratada en los tres discursos pronunciados por Pericles, los cuales fueron recogidos por Tucídides en los dos primeros libros de su Historia de la Guerra del Peloponeso, siendo el segundo de ellos (II 35 - 46) el más emblemático y, por ende, sobre el que versará el presente artículo.

Además de ser uno de los elogios fúnebres más famosos de toda la literatura, el mencionado alegato, a priori una parte más del ceremonial, celebrado en 431 a.C., en memoria de los caídos tras el primer año de la guerra mantenida por Atenas y Esparta junto a sus respectivos aliados, es en realidad uno de los más hermosos elogios dirigidos a Atenas y a lo que esta representaba. Se trata de un manifiesto en primicia del espíritu de su sistema de gobierno, la Democracia, y del carácter y modo de proceder de este pueblo, constituyendo a su vez una justificación de su política imperialista.


Se ha de matizar desde un principio que este no es un artículo de Historia Política ni de Sociología, sino de Historia de las Ideas, por lo que, en este caso, la intención no es dilucidar la exactitud histórica del gobierno ateniense, el cual, evidentemente, aparece idealizado en el Discurso; se trata de analizar el documento en sí, cuya relevancia reside en ser la expresión prístina de la teoría democrática y, particularmente, el reflejo que la propia Atenas creía ver de sí misma. No interesarán, por tanto, ni la opinión personal de Tucídides, ni sus intenciones; tampoco se tendrá en cuenta la posible objetividad o idealidad del texto.



Tucídides (c. 455 a.C. – c. 498 a.C.), político e historiador ateniense, autor de la Historia de la Guerra del Peloponeso.

El tema central del alegato es la exposición de los principios que condujeron a Atenas a esa situación de poder, y “con qué régimen político y a qué modos de comportamiento este poder se ha hecho grande” (II 36, 4), con la intención de demostrar la nula validez de las críticas oligárquicas pro-espartanas hacia el régimen de Atenas, que, por el contrario, es un modelo a seguir para el resto de poleis griegas, e incluso para comunidades extranjeras (cabe destacar que en la obra de Tucídides, por primera vez en la Historia, se engloba a griegos y bárbaros dentro de una misma realidad ontológica).


Pericles (c. 490 a.C. – c. 429 a.C), líder demócrata perteneciente al genos Alcmeónida, constantemente reelegido como strategos entre 443 y 431.

            De las primeras observaciones dadas por Pericles (II 37, 1) pueden extraerse tres ideas fundamentales: un nombre específico, igualdad ante la ley y consideración pública del individuo:

  Su nombre, Demokratia, se debe a que los asuntos del gobierno no dependen de unos pocos, sino de la mayoría, y siempre en favor de los intereses de esta mayoría (aunque no especifica quién la integra).

  La segunda idea que define es el tratamiento igualitario en lo que concierne a los asuntos privados; la ley otorga a todos los particulares los mismos derechos, políticos y civiles. Para el individuo, la igualdad supone la supresión de los privilegios ligados al nacimiento y la riqueza, antaño vinculados a la jerarquización social. Podría traducirse de la siguiente manera: el ideal de igualdad de la nobleza, destinado a mantener un equilibrio que evite una concentración excesiva de poder en uno de sus miembros (los homoioi espartanos o los pares de la nobleza medieval europea), se ha extendido a la totalidad de los ciudadanos; la Diké (justicia) ha dejado de ser una pena impuesta por las deidades al quebrantamiento del orden natural, para convertirse en un principio resultante del deliberar entre iguales.

  Desde sus primeros tiempos, los griegos se han caracterizado por una búsqueda compulsiva del honor (buen ejemplo de esto es la historia de Cleobis y Biton narrada por Heródoto,  Historias I 31), siendo el fin de toda carrera pública la consecución de una distinción personal. Pericles afirma que en la esfera de lo público se pone en funcionamiento la meritocracia, que, manteniendo el principio de igualdad, otorga el ejercicio de los cargos públicos en función de las capacidades personales de los individuos. La misma conjunción de fuerzas que, mediante el reconocimiento de la igualdad, conduce a eliminar la sanción jurídica que percibe las diferencias sociales como naturales, es la que, invirtiendo la situación, lleva a sancionar las diferencias naturales como las únicas diferencias sociales válidas en el ámbito jurídico. La asignación de un cargo público, por tanto, no dependerá ya de la suerte del individuo, sino de su valía, la cual no viene dada ni por su prestigio, ni por sus orígenes, ni por su condición social, sino por sus propias cualidades subjetivas, quedando así derogado el determinismo característico del pensamiento platónico. Todo esto, en suma, implica el reconocimiento de la diferencia individual en el interior de la igualdad general.

La Democracia hace compatible el trabajo privado con la dedicación en la vida pública; así prosigue su Discurso el general ateniense (II 37, 2; 38). Todos los ciudadanos tienen derecho a atender sus asuntos particulares, pero la extensión de la igualdad obliga a todos a prestar servicio al Estado, cosa que antaño sólo incumbía a la nobleza. Es necesaria, por tanto, la supresión del criterio de pobreza si se quiere convertir a todos los atenienses en ciudadanos efectivos, pues esa es la raíz de toda idea democrática. Dos principios que originalmente eran antagónicos se han hecho ahora conciliables. Para aliviar las fatigas resultantes de esta multitarea, los atenienses tienen a su disposición multitud de medios de esparcimiento, ya que la virtud de la Polis viene dada por el bienestar de los politai (ciudadanos), tal y como Aristóteles afirmará posteriormente.
           
El parágrafo que sigue (II 39) es una comparación entre las disciplinas militares y sistemas educativos de atenienses y espartanos: mientras que estos dedican su vida a alcanzar la fortaleza por medio de un entrenamiento de rigor excesivo, que reduce la complejidad humana al puro músculo, aquéllos vuelven a conciliar dos cualidades a priori antitéticas (el uso de la razón y la deliberación se une a la acción decidida y vigorosa).
           
El Discurso alcanza el momento del clímax al pronunciar la siguiente afirmación, que define de forma rotunda las virtudes del ser ateniense: “Amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación” (II 40, 1). El ateniense adopta como actitud vital el gusto por lo bello (Philokaloûmen), situándose en las antípodas de la monótona vida exclusivamente dedicada a la guerra que caracteriza al ser espartano. Pero ahí no queda la cosa, pues la belleza no se ama de cualquier manera, se ama con sencillez, de acuerdo al estilo de vida moderado y equilibrado del ateniense, con una literatura y unas manifestaciones artísticas capaces de evitar los excesos, muy diferente, a su vez, del ceremonial pomposo adoptado por el ser bárbaro de Oriente, quien cree haber encontrado la felicidad plena en la ostentación del lujo exagerado (se aprecian paralelismos con la conversación que mantuvieron Solón de Atenas y Creso de Lidia, relatada por Heródoto en Historias I 28 – 33). Junto a esto, su gusto por el saber no tiene como fin el jactarse de tener amplios conocimientos sin más, sino la búsqueda de la utilidad, pues el uso de la razón no persigue alcanzar la verdad absoluta, más bien resultados eficaces, adecuados a las circunstancias y destinados a la salvación de la Polis y el bienestar de sus habitantes. Al establecer estas diferencias, el demócrata ateniense se percibe a sí mismo como el máximo estadio de la evolución humana, capaz de razonar y actuar a un mismo tiempo.


Reconstrucción de la Acrópolis, símbolo del esplendor cultural de Atenas en el siglo V a.C.

Según dice el strategos, el impuesto establecido en Atenas para financiar a los asistentes a la asamblea popular permite a quienes viven en condiciones precarias prestar un servicio al Estado, lo cual les brinda una oportunidad para demostrar sus capacidades y, gracias a la meritocracia, cambiar su condición. No se reprocha la pobreza en sí, sino a aquella persona que rehúsa de la coyuntura que se le otorga para salir de esta, por no querer participar en la vida pública. Por primera vez en la literatura helénica se hace mención a la posibilidad de salir de la indigencia.
           
Pericles resume el pretendido preámbulo de su Discurso de la siguiente manera: “afirmo que nuestra ciudad es, en su conjunto, un ejemplo para Grecia” (II 41, 1), y por consiguiente, para toda la humanidad, dado que entre su público se encuentra gente de muy diversa procedencia; además, se debe tener en cuenta la conciencia general de humanidad propia de Tucídides, ergo todos ellos podrán llegar a ser demócratas algún día.
           
Llegados a tal punto de grandeza, los hechos hablan por sí solos, por ello “no necesitamos de ningún Homero que nos haga el elogio ni de ningún poeta que nos deleite de momento con sus versos (…) nos bastará con haber obligado a todo el mar y a toda la tierra a ser accesibles a nuestra audacia, y con haber dejado en todas partes monumentos eternos en recuerdo de males y bienes” (II 41, 4 - 5). Los hechos de Atenas llevarán en volandas la grandeza de la ciudad hasta la eternidad tal y como han sido, sin necesidad de engrandecerlos; los fracasos también merecen ser recordados, puesto que todos los proyectos concebidos por la Democracia ateniense, independientemente de su resultado final, han contribuido a demostrar su espíritu emprendedor y el valor de sus ciudadanos.
           
Finalmente, concluido el magnífico canto a los ideales de su patria, Pericles procede, de acuerdo con lo establecido en un principio, a elogiar a los caídos en su nombre (II 42 - 46).
           
Queda claro, pues, que la Democracia extiende al conjunto ciudadano la estructura nobiliaria de las sociedades oligárquicas (el ideal del héroe homérico), para lo cual, estas han tenido que renunciar a sus exclusividades: desprecio de la pobreza y del trabajo privado o físico, así como la creencia en una superioridad o inferioridad heredadas de los progenitores, dando paso por primera vez a la existencia de una verdadera comunidad. Las ideas de Pericles conforman uno de los más altos horizontes engendrados por la mente helena en su constante búsqueda de perfección. Pese a no dejar de ser, como reza en el encabezamiento de este artículo, un ideal (y como tal, desnaturaliza la realidad de la condición humana al suprimir mentalmente al menos la mitad de la misma), supone una aspiración que todo sistema democrático necesita preservar para constituirse como tal, al menos mientras se pretenda garantizar la dignidad del individuo y traducirla a derechos.


Bibliografía:

HERMOSA ANDÚJAR, A.: “Pericles y el ideal de la democracia ateniense”, Res Publica, 5 (2000), pp. 45-72.

RODRÍGUEZ ADRADOS, F.: La Democracia Ateniense, Madrid: Alianza Editorial, 1993.

SEALEY, R.: “Democratic Theory and Practice” en SAMONS, L.J. (coord.): The Cambridge Companion to the Age of Pericles, Cambridge: Cambridge University Press, 2007, pp. 238-257.

TUCÍDIDES: Historia de la Guerra del Peloponeso, II, Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, 2015.


Imágenes:





Sobre el autor

Juan Manuel Ortega Madroñal
Estudiante de Historia por la Universidad de Sevilla. Sus principales áreas de interés se centran en la Historia Antigua, especialmente la Asiriología y el Mundo Clásico, así como la herencia que la Antigüedad ha legado a los períodos posteriores. Complementa sus estudios universitarios con exhaustivas lecturas de los historiadores griegos y romanos (siendo Tucídides y Tácito sus predilectos), junto con el aprendizaje de la filosofía política del Renacimiento.


martes, 10 de octubre de 2017

Las candidaturas al trono tras la revolución de La Gloriosa en 1868

La llamada revolución de La Gloriosa tuvo lugar en septiembre de 1868. Cuarenta y cinco dirigentes de ideología progresista y demócrata, entre los cuales se encontraban el general Juan Prim y Prats y el general Serrano, se enfrentaron al reinado de Isabel II. Tras la victoria en la Batalla de Alcolea el 18 de septiembre, se formó un gobierno provisional, dirigido por el General Serrano, que proclamó las libertades de expresión, asociación, reunión y la libertad de cultos.

La Constitución se promulgó el día seis de junio de 1869. Era necesaria la búsqueda de un nuevo rey, puesto que estaban decididos a mantener la monarquía en España. Se barajaban varias posibilidades, y de ellas debieron ocuparse Serrano, que había sido presidente del Gobierno Provisional formado tras la Gloriosa, y elegido regente por las Cortes el 15 de junio de 1869, y el General Prim, que en la sombra era quien lo organizaba todo.

Por un lado estaba la candidatura de Antonio de Orleans, duque de Montpensier e hijo de Luis Felipe de Orleans, rey de Francia. Estaba casado con la hermana de Isabel II, Luisa Fernanda, y apoyado por la antigua Unión Liberal y una parte del ejército. Hay que tener en cuenta que su relación con Isabel II era, cuanto menos, tormentosa. Era de todos sabido que había financiado golpes contra ella, así como la propia Gloriosa. Además, no dejaba de vérsele como a un rey extranjero y siendo francés tendría problemas por el recuerdo de la Guerra de Independencia.

Las candidaturas portuguesas planteaban dos problemas a Inglaterra, protectora tradicionales del país vecino: la unidad dinástica y territorial entre España y los lusitanos y la posible pérdida de las importantes relaciones comerciales entre ambos. El iberismo (o unión ibérica) era visto con un gran temor tanto desde Gran Bretaña como desde Francia. Además, ni siquiera los propios candidatos estaban de acuerdo con aceptar el trono español. Por un lado, Fernando de Sajonia-Coburgo, que había sido rey consorte de Portugal junto a la fallecida reina María II, era ya de una avanzada edad y decidió rechazar el trono. El hijo mayor de ambos, Pedro V, era Gobernador de Brasil, por lo que su candidatura no se planteó. Por otro lado estaba Luis I, el segundo hijo del matrimonio, rey de Portugal, que tampoco veía clara la unión con España.

También se miró hacia el joven reino de Italia para el problema de las candidaturas al trono. En él, a la altura de 1870, se había establecido una monarquía dirigida por la familia de Saboya. El monarca,Víctor Manuel II, tenía como sucesores a Humberto I, después a Amadeo de Saboya (duque de Aosta) y finalmente a Tomás de Saboya (duque de Génova), su sobrino. La primera candidatura italiana que se presentó al trono de España fue la de Amadeo, a instancias de Prim. Pero esta candidatura presentaba un problema: la familia de Saboya, al unificar Italia, había provocado que el amplio territorio de influencia del papado quedase reducido al Estado del Vaticano, lo cual les había costado la excomunión. Además, el propio Amadeo rechazó el trono español. Así Prim, respaldado por el Gobierno, sugirió la candidatura del duque de Génova (de tan sólo 13 años) a finales de 1869. Pero la propia madre del duque se oponía a la candidatura, de modo que acabó descartándose a pesar de los esfuerzos de Prim. En el verano de 1870 se consideró lícito  revisar la propuesta de la candidatura al trono de Amadeo de Saboya, pero eso sería ya en el verano de 1870 .

La candidatura del prusiano Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen parecía factible, pues era católico y no tenía problemas con el Papa. Estaba casado con Antonia María de Portugal, la hermana del rey de Portugal, Luis I, y del Gobernador de Brasil, Pedro V, así hija de Fernando de Coburgo-Sajonia y de la ya fallecida María II de Portugal. Por tanto, el miedo al iberismo tanto desde Inglaterra, como desde Portugal, trató de frenar esta candidatura. La Unión Ibérica, que deseaban demócratas y progresistas, era posible puesto que además de estar Leopoldo casado con Antonia María, su hermana, Estefanía de Hohenzollern, estaba casada a su vez con Pedro V de Brasil. Puede que el interés de Bismarck (artífice de la unificación alemana) en la candidatura de Hohenzollern radicara en su intento de acercarse al mundo colonial portugués, en una época en la que Alemania no gozaba de los beneficios de los imperios coloniales que tenían Francia e Inglaterra.


El gobierno provisional de 1869

 La negociación para la candidatura de Hohenzollern se hizo en secreto, y de nuevo a instancias de Prim. En un principio sólo este, Sagasta, Salazar y Mazarredo, durante los primeros meses del año de 1870, trabajaron en ella. Los franceses reaccionaron pronto, pues tenían miedo a quedar cercados entre la monarquía prusiana y una España con un rey Hohenzollern, lo cual hacía recordar los tiempos de Carlos V.

 La candidatura de Hohenzollern se truncó definitivamente en España por el asunto del Telegrama de Ems, el casus belli de la guerra franco-prusiana (1870-1871). El embajador francés, Benedetti, se entrevistó con el rey Guillermo I de Prusia, en el Balneario de Ems (en Renania-Palatinado, junto al río Lann, en la frontera de Alemania con Francia). En dicha entrevista se dejó claro, por parte de Guillermo I, que Leopoldo no sería rey de España y que la candidatura se retiraría. Sin embargo, Benedetti exigió al rey “la seguridad de que aquella candidatura no se volvería a presentar en el futuro”. Según el príncipe de Radziwill, Guillermo debió negar, a través de él, tres veces, que aceptaría negociaciones sobre esto. Así, con este acto visto como soberbia por Benedetti, y el telegrama que Bismarck publicó sobre la entrevista (que se ocupó de hacer ver como un deseo belicista de Guillermo I) llevaron a la declaración de guerra por parte de Francia el 19 de julio. Quedaba así descartada la candidatura de Leopoldo, si bien en los años posteriores a la victoria prusiana, Bismarck tendría guardados candidatos Hohenzollern para España, manteniendo así temerosa a la derrotada Francia.

La candidatura que se consideró “menos peligrosa” fue la de Amadeo de Saboya, que como he indicado anteriormente, se volvió a sugerir en 1870. Pero su reinado, iniciado en 1871, resultó ser un fracaso que apenas duró dos años, lo cual seguramente tenía uno de sus motivos en el hecho de que el monarca no hablara castellano. Amadeo renunció al trono español el 11 de febrero de 1873. Fue entonces cuando surgió la idea de formar, por primera vez en la Historia de España, un Estado republicano. Emilio Castelar, futuro presidente del Poder Ejecutivo en la I República, decía:

Señores, con Fernando VII murió la Monarquía tradicional; con la fuga de Doña Isabel II la Monarquía parlamentaria; con la renuncia de D. Amadeo de Saboya la monarquía democrática: nadie ha acabado con ella; ha muerto por sí misma.” (Sesión del Congreso de los Diputados de los días 10, 11 y 12 de febrero de 1873, p. 131).

Como vemos, la cuestión de la candidatura al trono español no radicaba únicamente en los intereses nacionales. Nuestros vecinos europeos también miraban con atención lo que aquí se decidía con el objetivo de estar preparados para lograr sus pretensiones. Las enrevesadas conexiones familiares entre las distintas casas reales servían de tablero de juego para las ambiciones de los políticos, que veían en los matrimonios y las candidaturas la ocasión perfecta para ejercer más poder sobre el país propio o los aliados. España, sin duda, no era una excepción. Con el antiguo imperio colonial  ya en absoluta decadencia, era mucho más sencillo que antes intentar controlar el trono desde fuera.

Bibliografía:

Congreso de los Diputados, Sesión permanente celebrada en los días 10, 11 y 12 de febrero de 1873, Madrid: Carlos Bailly-Bailliere, 1873, p. 131.

Espadas Burgos, Manuel [et al.], Historia General de España y América, Tomo XVI-2,  Madrid: Rialp, 1981, pp. 190-192.

Fuentes, Juan Francisco, El fin del Antiguo Régimen (1808-1868): política y sociedad, Madrid: Síntesis, 2007, p. 235.

Paredes Javier, Historia Contemporánea de España, siglo XIX, Barcelona: Ariel, 2008, pp. 263, 264.

Speroni Gigi, Amadeo de Saboya, rey de España, Barcelona: Editorial Juventud, 1989, p. 88.

Suárez Cortina, Manuel, La España liberal (1868-1917): política y sociedad, Madrid: Síntesis, 2006, pp. 31, 33-35.

Fuente de la imagen: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:LeopoldHS.jpg (autorizada para reutilización).


Sobre la autora:

Ariadna Muriel Humanes

Graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid (promoción 2012-2016), en el último curso elegió los itinerarios de Historia Contemporánea e Historia de América. Su Trabajo Fin de Grado consistió en un estado de la cuestión respecto al estudio de la experiencia emocional de los soldados de la Primera Guerra Mundial en el frente occidental. Sus intereses giran en torno de la microhistoria, la Historia de las Emociones y la Historia Social, así como en las artes y su relación con el proceso histórico. Además, es actriz en una asociación teatral de Rivas Vaciamadrid.

Actualmente se dedica a escribir artículos para revistas digitales independientes de divulgación histórica y reseñas literarias en un blog de autoría propia, en castellano e inglés (https://elacantiladodedover.wordpress.com/). 

martes, 29 de agosto de 2017

Los templarios en la Corona de Aragón (1131-1312)

Al pensar en los caballeros templarios, nos vienen inmediatamente a la mente recuerdos de grandes batallas, luchas sin cuartel en Tierra Santa y de una actitud humilde y ejemplar propia de una orden religiosa.

No obstante, tras estas escuetas líneas quedan muchas piezas por descubrir y encajar para saber cuál fue realmente su historia. A lo largo de este artículo, daremos detalles sobre la misma haciendo hincapié en algunas cuestiones relacionadas con: su origen, nombre característico, su papel en la Corona de Aragón y cómo éste influiría posteriormente en la disolución de la orden junto a una serie de factores.


En primer lugar, cabría decir que el nacimiento de la Orden del Temple está altamente relacionado con el contexto posterior a la primera cruzada  (1096-1099). En este periodo histórico de campañas militares y grandes peregrinaciones armadas, los cruzados cristianos tomaron Jerusalén y parte de la actual al dominio musulmán. No obstante, el control sobre el territorio era bastante débil y poco efectivo en la práctica. Asunto que era fácilmente perceptible, al observar la gran cantidad de ataques que sufrían los peregrinos que acudían a Tierra Santa, en el trayecto entre la costa y Jerusalén.

Con el fin de garantizar la seguridad del peregrino y erradicar esta amenaza, surgió un pequeño grupo de caballeros cruzados que se asociarían hacia el 1119, a los cuales se les concedió como cuartel general el área del antiguo templo judío de Jerusalén, de ahí que empezaran a ser reconocidos como la “Orden del Temple”.

En los primeros años sufrieron serias dificultades, debido a la escasez de miembros y a la falta de financiación. Con el fin de buscar una solución a ello, el líder templario, Hugo de Payens partió en el 1127 hacia Roma para reunirse con el Papa Honorio II, con el objetivo de pedir el reconocimiento oficial de la Orden. Para debatir esta cuestión, el 13 de enero de 1129 en Troyes, se  convocaría un Concilio que portaría el mismo nombre de la ciudad francesa en la que se celebró.


Huge Payens

El resultado, fue que este mismo año se obtendría el reconocimiento eclesiástico y el respaldo de diversos intelectuales entre los que destacó Bernardo de Claraval, quien escribió una obra titulada “Elogio de la nueva milicia” para animar a la nobleza europea a entrar en el Temple. A  partir de este momento lograría un mayor éxito basado en un aumento sustancial del número de miembros y de las donaciones dadas a favor de su causa, dando solución de este modo a las carencias iniciales de la orden.

Tras su reconocimiento en el Concilio, pasarían 10 años hasta que el Papa Inocencio II la reconociera definitivamente como Orden oficial. Este estatus llevaría consigo, la dependencia directa de la autoridad pontificia y a su vez eximiría a la orden de la jurisdicción episcopal. A raíz de esto, podemos dejar constancia de que fue la primera orden de carácter religioso-militar, que configuró el prototipo de otras tantas que irían surgiendo a lo largo de los siglos XII y XIII, como es el caso de las órdenes de Calatrava (1158), Teutónica (1190) y de Santiago (1158).


En el colofón del siglo XII, la Orden del Temple no sólo sería considerada como una fuerza de escolta de peregrinos, sino más bien, como una de las fuerzas militares más destacadas del reino de Jerusalén, cuya influencia política era notable en el Oriente Latino.

Respecto a su papel en la Corona de Aragón, la Orden se instauró en estos territorios en el 1131, en el contexto del avance cristiano en la conquista de la península ibérica. La alta nobleza aragonesa y el propio rey le mostraron su reconocimiento y admiración por su labor en Tierra Santa  y los agasajaron con propiedades y rentas para conseguir su favor con vistas a que colaboraran en la empresa militar que estaban llevando a cabo.

Inicialmente, la Orden de los Templarios no tenía ningún interés en implicarse en esta conquista, sino que sus objetivos principales se basaban en recoger donativos y ganar adeptos para ayudar a sus compañeros en Tierra Santa. No obstante, tras la celebración de una asamblea el 15 de abril de 1134 convocada por el Conde de Barcelona (Ramón Berenger III) se les ofreció grandes privilegios si se decidían a colaborar a favor de la Corona de Aragón, como finalmente hicieron. De hecho, tras finalizar las campañas de Berenguer y su hijo Alfonso, las encomiendas templarias se extenderían por todo el territorio de la Corona, acentuando su presencia al sur del río Ebro y en la región montañosa de Teruel con la intención de proteger la frontera y preparar el avance hacia Valencia.

La influencia política del Temple en la Corona de  Aragón llegó a su culmen durante los reinados de Pedro II (1196-1213) y Jaime I (1213-1270), destacando las numerosas concesiones realizadas tras  la conquista de Valencia y Mallorca. De la primera, recibirían parte de la ciudad de Valencia, la torre de Alibufat y su barrio circundante, además, las posesiones de las ciudades de Peníscola, Xivert y Burriana dónde más adelante fundarían conventos. Y de la segunda, obtendrían la Almudaina de los judíos, 525 caballerías y 365 propiedades inmobiliarias.

Durante los reinados de Pedro III, Alfonso III y Jaime II, no hubo concesiones territoriales como se habían ido realizando en los anteriores. No obstante, se siguieron conservando los privilegios (exenciones reales y pago de varios impuestos). En estos tres reinados se les consideraba en palabras de Juan García Atienza: “huéspedes sin funciones que vivían de las glorias pasadas”.

En tiempos de Pedro III se enfrentarían a una difícil situación ante la conquista de Sicilia (1282), ya que se trataba de un feudo de la Santa Sede y ellos rendían fidelidad tanto al Papa como a la Corona de Aragón. Éstos no se opusieron directamente a la voluntad papal, pero sirvieron a Pedro III  y a su tierra, mostrando fidelidad a la Corona por encima de otras consideraciones.

A pesar del panorama exitoso, en 1291 tras la caída de Acre desaparecieron los Estados Latinos de Tierra Santa, hecho que tuvo como consecuencia la finalización de la misión originaria de la Orden. A la suma, se extendieron una serie de calumnias acerca de esta Orden que fueron secundadas por Felipe el Hermoso de Francia (1285-1314) y Jaime II de Aragón (1291-1314).Las cuales, desatarían una serie de persecuciones y la prohibición de usar nombres y símbolos distintivos de la Orden bajo pena de excomunión, por veredicto del Papa Clemente V.


Jacques Molay sentenciado a la hoguera

Ante esta situación muchos templarios se encerraron en sus fortalezas para luchar contra las fuerzas reales, pero éstas fueron sucumbiendo a lo largo del tiempo y los altos cargos de la Orden como es el caso de Jacques Molay, fueron sentenciados a morir en la hoguera.

Finalmente, en 1312 el Papa Clemente V disolvió definitivamente la Orden. Los templarios capturados serían absueltos a título de exclaustrados bajo la tutela episcopal.  Aquellos que pertenecieron a esta Orden religioso-militar se dispersaron y cada cual ocupó una nueva labor: muchos recalaron en otras órdenes, otros acabaron alistándose entre los almogávares de Oriente a modo de mercenarios y algunos se retiraron para llevar una vida fuera del campo de batalla.

Bibliografía:

Archivo Histórico Nacional,CODICES,L.598

Fuget, Joan, y  Carme Plaza. Los templarios en la Península Ibérica. Madrid: Editorial Círculo de Lectores, 2005.

García, Juan. Los enclaves templarios. Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 2002.

Ortuño, Manuel. "Publicación digital de Historia y Ciencias Sociales". Revista de Claseshistoria, nº301 (2012),   http://www.claseshistoria.com/revista/2012/articulos/ortuno-templarios.html   (Consultado el 1 de Agosto de 2017).

De Moxó, Francisco . “Los templarios en la Corona de Aragón”. Aragón en la Edad Media, nº10-11 (1993), https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=108470 (Consultado el 1 de Agosto de 2017).


Imágenes:




Escudo de la orden de Calatrava: https://es.wikipedia.org/wiki/Cruz_de_Calatrava



Sobre el autor:

Francisco José Gómez García

Graduado en Geografía e Historia por la Universidad Pablo de Olavide, promoción 2012-2016. Periodo en el que desarrolló su interés en la violencia, redes de comercio y nodos de comunicación de la Monarquía Hispánica en Oriente durante la Edad Moderna. Su Trabajo Fin de grado, titulado “La masacre de los sangleyes en el contexto de la imprenta sevillana”, estuvo estrechamente relacionado con estos asuntos. Además, muestra interés por la historia militar, las catástrofes naturales en la historia y la archivística. Actualmente, está matriculado en el Máster en Historia y Humanidades Digitales, organizado por la Universidad Pablo de Olavide.

martes, 22 de agosto de 2017

Emperatriz, reina y regente: la actuación política de Isabel de Portugal

Hasta hace apenas unas décadas, la emperatriz y reina Isabel de Portugal ha sido una de las grandes olvidadas y ha contado con una consideración histórica insuficiente. Esto principalmente se debe a la conformación de una historiografía tradicionalmente androcéntrica que ha contribuido a eclipsar su imagen por la presencia y actuación de su esposo, el emperador y rey, Carlos V, y su hijo, Felipe II. No obstante, pese al papel de incuestionable valor y peso que ambos monarcas tienen en la historia, ésta debe y tiene que poner en suma el papel político de la emperatriz y reina Isabel de Portugal, pues su actuación en el periodo que nos concierne supera el papel de hija, esposa o madre de reyes.


Retrato de la emperatriz Isabel de Portugal. Tiziano (1548)

En la madrugada del 25 de Octubre de 1503 nació en el palacio real de Lisboa la infanta Isabel, una de las mujeres más influyentes e importantes de su periodo, no sólo por convertirse en la esposa de uno de los hombres más poderosos de la historia, sino por su gestión en los asuntos de gobierno. Una gobernante que demostró poseer las cualidades necesarias para las labores de gobierno durante la ausencia de su esposo. Hija de Manuel I de Portugal, apoderado «el Afortunado», Isabel recibió una excelente formación humanística de gran bagaje cultural y teológico de parte de su madre, María, infanta de Castilla y Aragón e hija de los Reyes Católicos. Sin duda, he aquí un aspecto de especial relevancia que podría dar pie a comprender el interés, la preocupación y deseo de la emperatriz por intervenir y dejar su sello personal en los asuntos políticos: la intervención e implicación de su madre, la Reina María en diversas cuestiones de gobierno como en las mediaciones con el rey, su padre, Fernando el Católico o su implicación en cuestiones de la frontera. De modo que la alta formación que la emperatriz recibió en la corte portuguesa pasaba por convertir a Isabel en una reina con un deber más allá de el de garantizar la sucesión en sus reinos. Estaba llamada a contribuir al servicio de una cuestión de estado de la que, como veremos, no se sentirá ajena.

Durante sus trece años de gobierno, la emperatriz demostró estar a la altura de las cualidades y virtudes que se le atribuía. Desde un principio, Isabel parecía ser la candidata perfecta a convertirse en la futura esposa del emperador Carlos V. Las Cortes castellanas veían en la infanta portuguesa la opción idónea. Nieta de los Reyes Católicos y hermana del rey más rico de la cristiandad, Juan III, las cortes de Castilla no dudaban en exigir al César el acuerdo matrimonial con la futura emperatriz. Consejeros y diferentes miembros de la sociedad castellana, alzaban las voces a favor de Isabel, quienes le atribuían destacadas y pronunciadas virtudes y cualidades dignas de una reina y emperatriz destinada al cuidado y a la administración de los reinos peninsulares en ausencia del emperador: prudencia, discreción, voluntad, generosidad y sencillez. De hecho, el mismo emperador en una carta enviada al Obispo Grasi, señor de Mónaco, explica los motivos que le llevó a contraer matrimonio con la infanta portuguesa y en ella exalta las altas virtudes de su futura esposa. Carlos V resalta la prudencia y santidad de sus costumbres dignas de serles encomendado el cuidado y administración de sus reinos. El emperador no deja pasar por alto el linaje clarísimo y altamente ilustrado de su esposa, así como su gran religión y piedad, y la importancia de la dote. 


El emperador Carlos V y la emperatriz Isabel de Portugal. Copia de Rubens de un cuadro desaparecido de Tiziano (1628-1629).

Isabel de Portugal ostentó los cargos de reina y emperatriz del Sacro Imperio Románico Germánico desde 1526 y 1539, entre los cuales se le concedió la regencia de los reinos peninsulares en tres ocasiones. Los años dedicados a la regencia de los reinos tuvieron lugar en diferentes momentos de su vida, sin duda, el más importante de todos ellos transcurrió entre los años 1529 y 1533, periodo que coincidió con el mayor tramo de tiempo de ausencia del emperador. Los otros dos, en cambio, fueron en 1528 y en 1538, un año antes de su prematuro fallecimiento. Durante ese tiempo, Isabel no sólo se dedicó a atender a los asuntos de gobierno sino también se encargó de la educación de sus hijos.

En todos esos años podemos percibir una evolución en el papel político de la emperatriz. En un principio, debido al desconocimiento de la gestión y el gobierno de las tierras castellanas, vemos a una reina más cercana al Consejo real; sin embargo, con los años veremos a una emperatriz más suelta, experta, segura y preparada para asumir por ella misma las cuestiones políticas, sobre todo la defensa de los territorios peninsulares de Barbarroja y sus huestes, la organización de las Indias y la lucha contra el maltrato de los naturales. Para ello una de sus principales preocupaciones fue la consecución permanente de dinero, por la que luchó incansablemente por conseguir a como diera lugar. Junto a ello, y aunque su actuación política se limitaba sólo a los asuntos políticos que concierne a los reinos peninsulares, la emperatriz intervino en no pocos asuntos del Sacro Imperio, proponiendo y opinando sobre los problemas con Francia, la defensa de su tía Catalina de Aragón y manteniendo correspondencia con embajadores y el propio Papa.

Ninguno de los últimos estudios históricos que recoge el papel de la emperatriz en los asuntos de gobierno y poder político cuestiona su criterio y gran capacidad organizativa en las labores administrativas y políticas llevadas a cabo durante los periodos de regencia; sin embargo es importante resaltar que la actuación política de la emperatriz estuvo siempre guiada, acompañada y supeditada a las decisiones del emperador y a la de su amplio equipo de consejeros. Entre ellos, Juan Tavera, arzobispo de Santiago y Francisco de Zuñiga, el Conde de Miranda. Su labor al frente de los reinos peninsulares siempre contó con la aprobación del emperador, de sus consejeros y de la mayor parte de los cortesanos. Por esa razón, durante su mandato apenas se aprecian disputas y problemas con la nobleza, aunque sí sería interesante destacar sus diferencias con el almirante castellano, Fadrique Enríquez, Señor de Medina de Rioseco y conde de Melgar.

Los estudios hablan de ella como el alter ego o ayudadora del emperador, una mujer que no era ajena a las cuestiones políticas y que a además de rendir absoluta lealtad al emperador, quiso elaborar su propia línea de actuación. La emperatriz siempre asistió a su esposo aunque en determinados momentos pareció mostrarse disconforme con algunas de sus decisiones o retrasos en las misivas. Desde el primer momento, Isabel asume su papel y se muestra interesada en cumplir con su deber, y por esa razón desde muy pronto encontraremos su nombre y firma en cientos de documentos que hoy en día se nos conservan. En balance general, podemos deducir que la reina Isabel desempeñó sus funciones con gran habilidad y prudencia. Todo lo que realizaba procuraba hacerlo con absoluto control y detalle, con el fin de estar a la altura de lo que de ella se esperaba. La emperatriz gobernó con cordura y tacto político, mostrando altos dotes de diplomacia.

La actuación política de Isabel dejó una huella tanto en el emperador Carlos V, como posteriormente en su hijo, Felipe II. Las opiniones de la emperatriz y su forma templada, paciente y organizada de llevar los asuntos de gobierno tuvo que influir de alguna manera en muchas de las actuaciones y decisiones del emperador. Del mismo modo, la emperatriz se convirtió en un referente para su hijo Felipe II, quien no dudó en actuar, en muchos momentos, como su madre lo había hecho.


Bibliografía

-          Jiménez Zamora, I: “La actuación política de la Emperatriz Isabel (1528-1538)” Espacio, tiempo y forma. Serie IV Historia Moderna. 29 (2016): 163-185
-          Jiménez Zamora, I. La emperatriz Isabel de Portugal y el gobierno de la monarquía hispánica en tiempos de Carlos V (1526-1539). Madrid: UNED. Tesis Doctoral. 2015
-          Piqueras Villaldea, Mª I. Carlos V y la emperatriz Isabel. Madrid: Actas. 2000.
-          Alvar Ezquerra, A. La emperatriz. Madrid: La esfera de los libros. 2012


Imágenes

Retrato de la emperatriz Isabel de Portugal.
https://es.wikipedia.org/wiki/Retrato_de_Isabel_de_Portugal_(Tiziano)#/media/File:Isabella_of_Portugal_by_Titian.jpg


Sobre la autora

Cristina Cardador Ruíz

Graduada en Geografía e Historia por la Universidad Pablo de Olavide, promoción 2011-2015. Realizó su Trabajo de final de Grado sobre el culto imperial en Itálica. Interesada en el género y los estudios históricos acerca de las mujeres en la Antigüedad y en la Modernidad. Realizó el Máster en Religiones y Sociedades organizado por la Universidad Pablo de Olavide y la Universidad Internacional de Andalucía, el cual culminó con el Trabajo de final de Máster titulado “Plotina y Sabina en la religión romana”. Actualmente cursa el Máster en Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas en la Universidad Pablo de Olavide.